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Mensaje del 21 de Abril de 2002

¿Qué haría Yo sin vuestros pies?, Mis queridos, peregrinos en el mundo, ¿qué haría Yo sin vuestros pies?, para llegar a todos los lugares donde hay necesidad de Mí.

Mensaje del 21 de Abril de 2002

Habla Artemio:

… hace rato que está al lado tuyo, sientan el perfume… (se hace una pausa)

Dice Jesús:

Yo soy el amor bajado del Cielo, el amor encarnado en María, el amor creciendo en sus brazos, el amor predicando por todos esos lugares del Señor.

Pero como el tema del que hablaban…, necesito de vuestros manos, pequeñas o grandes, fornidas o débiles, necesito tus manos, necesito tus ojos para poder espejarme en ellos y trasmitirles toda la vida, la vida en abundancia, la vida que perdura, la vida que trasciende el tiempo y dura una eternidad, necesito tu boca para decir todo lo que reboza de tu corazón.

A cada instante, todos los días y a través del tiempo, Yo no te quiero por un momento nada más, te quiero para siempre.

Hombres de todas las latitudes, éste amor Mío para siempre ¿podría llegar a ser un peso y tal vez un peso desagradable porque complicaría vuestra vida?, nooo, cuando el hombre me permite prolongarme en él, ya empieza a participar de esa recreación constante de la vida propia y de todos los seres que están cerca o lejos.

¿Qué haría Yo sin vuestros pies?, Mis queridos, peregrinos en el mundo, ¿qué haría Yo sin vuestros pies?, para llegar a todos los lugares donde hay necesidad de Mí, pero no quiero que llegues a esos lugares, para decir: vengo en nombre de Él, ¡nooo!, quiero que llegues como peregrino a todos esos lugares, para sembrar todo el amor que se fue acrecentando en vos, cuando entré en tu vida. Es terrible pensar que te acercás a un hermano y le pones tu mano sobre el hombro y le decís: te amo, porque Yo te lo mandé, te lo pude haber dicho una vez pero la mano es tuya y los sentimientos son tuyos. Ya sé que serán una prolongación de los Míos, pero Yo necesito tus sentimientos genuinos cuando ponés una mano sobre el hombro de alguien.

Todo aquel que sale al mundo para llevar Mi palabra, de una forma torpe y ruda, creyendo que se habla de Mi contando Mi vida o los milagros que hacía, noo Mis queridos, se habla de Mi con vuestras propias vidas, se habla de Mi con vuestro propio cuerpo, se habla de Mi con vuestra mirada, vuestros gestos, vuestros ademanes y darán calor a las palabras con vuestro propio aliento, ya sabemos que allá en el fondo Yo estoy alimentando ese aliento, para que nunca pierda la tibieza cuando llegue hasta el otro, hasta el hermano. Pero es tú aliento, el que das con tú voluntad y eligiendo con tú libertad, entonces vale, distinto… es una impostura. Quien tiene oídos para oír que oiga.

Dice Nuestra Madre:

Yo sé que a vos te gusta que empiece diciendo: “he aquí la esclava del Señor hágase en Mi según tu palabra”.

Yo sé que te encanta, te gusta, te obsesiona, te llena esa expresión y tenes razón, esa es la expresión que debe llenar el alma humana, el decir: sí, ¿a quién?, al Señor. ¿Importa el miedo?, ¿importa el sentirse débil?, ¿importa lo poquito que podemos tener?, ¿importa la debilidad de nuestro sí?, no, lo que importa es el sí, del resto se encargará el Señor. Y ¿cuándo ustedes en el mundo dicen que sí?, lo hacen cuando ofrecen un vaso de agua a quien tiene sed, lo hacen cuando le procuran un techo a quien no lo tiene, lo hacen también cuando dicen que no ante un abuso o una impertinencia, dicen sí cuando les sonríen a un niño, son amables con vuestros hermanos, dicen sí cuando le ayudan a un anciano terminar bien su día, dicen sí cuando se han dado cuenta que no es larga la vida y que aprovechan cada instante para derramar todo el afecto posible, sobre los que están cerca y los que están lejos, sobre los que viven y sobre los que ya partieron, sobre los hombres malditos y sobre los ambles y cordiales.

Siempre en todas esas ocasiones y miles más, están diciendo: sí, he aquí la esclava del Señor hágase en mi según tu palabra.

Amén.